Sustainable Wildlife Governance for the Greater Caribbean
Por: Anaïs Régina Renel
El 20 de diciembre de 2013, durante la 68.ª sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU), se proclamó el 3 de marzo como Día Mundial de la Vida Silvestre (WWD) de las Naciones Unidas.
El Día Mundial de la Vida Silvestre sensibiliza sobre la biodiversidad, destaca los beneficios que esta aporta a la humanidad y llama la atención sobre las consecuencias de su declive. La edición de 2026 está dedicada a las plantas medicinales y aromáticas (PMA), especies esenciales para la salud, las prácticas culturales y las economías locales, lo que ilustra hasta qué punto las sociedades humanas dependen de la biodiversidad para su supervivencia y desarrollo. La vida silvestre es la base de servicios ecosistémicos esenciales, como el suministro de alimentos, la regulación del agua, la polinización, la regulación del clima y el valor cultural. Por lo tanto, la pérdida de biodiversidad no solo provoca una degradación ecológica, sino también una mayor vulnerabilidad, dificultades económicas e inestabilidad social para las comunidades que dependen directamente de los sistemas naturales.
Al mismo tiempo, el énfasis en las PMA subraya la dimensión práctica de la conservación de la vida silvestre. En muchas regiones, especialmente en el Gran Caribe, las plantas silvestres siguen siendo esenciales para la atención primaria de la salud, la nutrición y la generación de ingresos. En el Gran Caribe, el uso tradicional de las plantas sigue siendo muy común. En las zonas rurales de Barbados, más del 75 % de los habitantes declararon utilizar medicamentos a base de plantas, mientras que una encuesta nacional realizada en Trinidad y Tobago identificó 917 remedios a base de plantas procedentes de 96 especies en las comunidades rurales.
Estos resultados demuestran que las plantas silvestres y cultivadas localmente siguen desempeñando un papel importante en la atención primaria de salud, las prácticas culturales y la supervivencia cotidiana en la región. Los sistemas de conocimientos tradicionales rigen las prácticas de recolección sostenibles, vinculando directamente la biodiversidad con la identidad cultural y la seguridad de los medios de subsistencia. Por lo tanto, la gobernanza de estos recursos plantea cuestiones más amplias relacionadas con el acceso, la equidad y la sostenibilidad.
El Día Mundial de la Vida Silvestre es, por lo tanto, una oportunidad no solo para celebrar la biodiversidad, sino también para reflexionar sobre cómo se define y se gestiona la «naturaleza». La idea de la naturaleza salvaje como una tierra virgen e intacta sigue estando profundamente arraigada en el discurso sobre la conservación. Sin embargo, como sostiene el historiador William Cronon, la naturaleza salvaje no es una condición natural atemporal, sino una construcción cultural y política. La mayoría de los paisajes designados como naturales tienen una larga historia de uso humano, incluyendo la recolección y gestión de recursos vegetales.
La «naturaleza salvaje» contemporánea es generalmente un espacio altamente regulado. Los gobiernos y los organismos internacionales designan zonas protegidas que controlan el acceso, las actividades y el uso de los recursos, incluyendo la recolección, la caza y la pesca. Mediante la zonificación, la vigilancia, las normas turísticas, la gestión de incendios y las intervenciones sobre las especies, los ecosistemas se gestionan de forma activa. En este sentido, la naturaleza salvaje refleja una forma de gobernanza más que la ausencia de influencia humana.
Dado que estas decisiones determinan quién puede acceder a los recursos biológicos y quién se beneficia de ellos, la política de conservación también se solapa con la justicia medioambiental. Las restricciones pueden afectar de manera desproporcionada a las comunidades que dependen de estos recursos para su subsistencia o salud, mientras que los actores comerciales se benefician de los mercados mundiales de productos naturales. La distribución desigual de los costos y beneficios puede generar tensiones entre las autoridades y las poblaciones locales, lo que a veces conduce a conflictos.
Las lecciones aprendidas de la conservación exclusiva o «fortaleza» ponen de relieve estos retos. Muchos ecosistemas han evolucionado gracias a prácticas de gestión, como la quema controlada, la recolección por rotación, la agrosilvicultura y la movilidad estacional, que han favorecido la biodiversidad y la resiliencia. Sin embargo, las áreas protegidas a menudo han restringido o criminalizado los medios de vida tradicionales, desplazando a las comunidades y perturbando las actividades de subsistencia. La supresión de estas prácticas puede alterar los procesos ecológicos y erosionar los sistemas de conocimiento locales.
Las comunidades rurales e indígenas marginadas suelen ser las más dependientes de los recursos naturales y, por lo tanto, las más afectadas por la degradación del medio ambiente y las políticas de conservación restrictivas. Al mismo tiempo, estas comunidades poseen profundos conocimientos ecológicos que pueden contribuir de manera significativa a la gestión sostenible cuando se reconocen y se apoyan. La participación equitativa en las cadenas de valor de los productos vegetales también puede incentivar la conservación y apoyar el desarrollo local.
Por lo tanto, para combatir la pérdida de biodiversidad es necesario adoptar enfoques que trasciendan las fronteras nacionales y las divisiones disciplinarias. Las poblaciones de animales silvestres, los ecosistemas marinos, las especies migratorias y las presiones medioambientales traspasan las fronteras. Las respuestas regionales coordinadas, que combinan los conocimientos científicos, los conocimientos locales, la armonización de las políticas y la movilización de recursos, son esenciales para encontrar un equilibrio entre los objetivos de conservación, el desarrollo económico y la inclusión social.
Las organizaciones regionales pueden desempeñar un papel crucial en este proceso. La Asociación de Estados del Caribe (AEC) ofrece una plataforma de consulta y cooperación entre los países del Gran Caribe. Al reunir a gobiernos, organismos técnicos y socios, facilita el intercambio de información, la coordinación de políticas y las iniciativas multinacionales destinadas a abordar los retos medioambientales comunes.
De conformidad con su plan de acción 2022-2028, la AEC busca «promover el desarrollo sostenible del mar Caribe y sus recursos mediante la elaboración de estrategias que integren prácticas innovadoras, soluciones basadas en la naturaleza y un enfoque integrado para la conservación y preservación de los ecosistemas y la biodiversidad». Este objetivo refleja el reconocimiento de que la conservación de la biodiversidad, el uso sostenible y la resiliencia regional son elementos inseparables del desarrollo a largo plazo en el Gran Caribe.
Este compromiso también se recoge en la Declaración de Montería (2025), en la que los miembros de la AEC subrayaron la necesidad de proteger los ecosistemas marinos al tiempo que se lucha contra el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación plástica y la llegada de sargazo, reconociendo la persistente vulnerabilidad de la región a las amenazas medioambientales y climáticas. En conjunto, estos compromisos demuestran la importancia de vincular la conservación de la biodiversidad con la resiliencia y el desarrollo sostenible.
El Día Mundial de la Vida Silvestre reviste especial importancia para el Gran Caribe, ya que la economía, la seguridad alimentaria y la protección de las costas de la región dependen en gran medida de la biodiversidad. Los arrecifes de coral, los manglares, los bosques y las pesquerías sustentan el turismo, los medios de vida a pequeña escala y la resiliencia climática, al tiempo que se enfrentan a presiones crecientes relacionadas con el cambio climático, la contaminación, la pérdida de hábitats y la sobreexplotación. El uso sostenible de los recursos vegetales, incluidos las PMA también está relacionado con la salud ecológica y la estabilidad socioeconómica.
La propuesta de designar el mar Caribe como Área Especial en el contexto del desarrollo sostenible ilustra cómo la cooperación regional podría apoyar una conservación más integrada. Este marco no solo tiene por objeto proteger la biodiversidad marina, sino también preservar los medios de vida, reforzar la resiliencia y promover el uso sostenible de los recursos comunes. Al vincular la protección del medio ambiente con consideraciones económicas y sociales —en particular la pesca, el turismo, las comunidades costeras y las prácticas culturales—, va más allá de los modelos exclusivos para orientarse hacia enfoques que reconocen la dependencia humana de los ecosistemas.
La conservación de los ecosistemas de arrecifes de coral demuestra la relación directa entre la protección de la biodiversidad y la resiliencia ante los desastres. Los arrecifes de coral funcionan como defensas costeras naturales, reduciendo la energía de las olas, limitando la erosión y protegiendo a las comunidades contra las marejadas y el aumento del nivel del mar, al tiempo que sustentan la pesca y el turismo. Su degradación aumenta la exposición a los riesgos y las pérdidas económicas. Consciente de este vínculo, la AEC sigue apoyando iniciativas como el proyecto de cooperación triangular Japón-Colombia-Caribe para la restauración de corales y la gestión del riesgo de desastres, que fomenta la colaboración regional, el intercambio de conocimientos y el fortalecimiento de capacidades con el fin de rehabilitar los sistemas de arrecifes. Por lo tanto, el fortalecimiento de la salud de los ecosistemas contribuye simultáneamente a la conservación de la biodiversidad, la adaptación al cambio climático y la reducción del riesgo de desastres.
En última instancia, el énfasis en las plantas medicinales y aromáticas en 2026 pone de relieve un principio más amplio: la conservación de la biodiversidad es inseparable del bienestar humano. Las especies vegetales utilizadas para la salud, la cultura y los medios de subsistencia demuestran cómo los ecosistemas sustentan a las sociedades, al tiempo que revelan la necesidad de una gobernanza equitativa de los recursos naturales. Es esencial garantizar un uso sostenible, un acceso equitativo y una distribución equitativa de los beneficios, tanto para el éxito de la conservación como para la justicia social.
El Día Mundial de la Vida Silvestre nos recuerda que su protección no consiste solo en preservar las especies de forma aislada, sino también en mantener las complejas relaciones entre los ecosistemas y las sociedades humanas. Una conservación eficaz depende de enfoques inclusivos que reconozcan la gestión histórica, apoyen el uso sostenible y fomenten la cooperación a escala local, regional y mundial, de modo que la biodiversidad pueda seguir sustentando tanto los ecosistemas como las poblaciones que dependen de ellos.
Referencias:
Büscher, B. (2016). Reassessing fortress conservation? New media and the politics of distinction in Kruger National Park. Annals of the American Association of Geographers, 106(1), 114-129.
Clement et al. Journal of Ethnobiology and Ethnomedicine (2015) 11:67 DOI 10.1186/s13002-015-0052-0
Cronon, W. (1996). The trouble with wilderness: or, getting back to the wrong nature. Environmental history, 1(1), 7-28.
Vujicic, T., & Cohall, D. (2021). Knowledge, Attitudes and Practices on the Use of Botanical Medicines in a Rural Caribbean Territory. Frontiers in pharmacology, 12, 713855. https://doi.org/10.3389/fphar.2021.713855
World Wildlife Day. (n.d.). About World Wildlife Day 2026. United Nations. https://wildlifeday.org/en/about


